Manolo y el Británico
por Cecilia Ambrossetti
Sobradas noticias acerca de este bar -de un tiempo a esta parte- nos cuentan el porqué de su nombre, datos de números de edades, de leyes a favor y en contra, de fechas de muerte y nacimiento y de tantas cosas sensibles de ser numeradas.
Qué pasaría si en lugar de firmar y numerar, cada uno escribiera una anécdota vivida allí, impostergable -éste es el momento de mostrar y mostrarnos porqué elegimos el Británico y no otro lugar-. Porque en realidad elegimos otros lugares, pero el Británico está cargado de nostalgias, un poco como el tango. De qué otra forma reconstruir este lugar sino desde las experiencias de quienes lo transitamos. Y aún si el bar fuese embalsamado como La Paz o si cierra sus puertas, podemos rescatar ese recuerdo, devolverlo al presente por algún olor, una palabra o un traspié; de la misma forma que se intenta, mediante una imagen, conservar la memoria de alguien que ya no está, las palabras aquí deberían dejar su marca y pintarnos con colores su fachada y su interior. Busquemos en la peculiaridad de nuestras experiencias cuál es nuestra historia subjetiva, y recreemos la suya, la del Británico.
Conocí a Manolo de la mano de Claudio, pisando el amanecer, la ventana del reservado que da al Lezama, café con leche y medialunas. Y ya eran varios amaneceres así, pero el primero en este lugar. Tiempo después, misma persona, mismo escenario. En los reservados, mesa que daba a esas vidrieras con botellas añejas y que separaba el reservado del salón de juegos de ajedrez, monitor de TV, teléfonos pinchados y otras yerbas... había allí dos carteles tentadores que anunciaban “Milanesas” uno, el otro “Hamburguesas”. Entre muchas risas, lluvias de maní y cervezas Quilmes Imperial, decidí (disculpen la decisión nublada por emociones excelentemente bien justificadas en aquel momento) llevarme conmigo el cartel de hamburguesas, que finalmente quedó en manos de aquel que me acompañaba, a modo de recuerdo.
Pasado un buen tiempo, misma persona a mi lado y esta vez sumada una española a quien aún hoy espero volver a ver, ya madre de un niño, volvimos a aquel lugar, no sin antes sorprender con espectáculo titiritezco a Claudio. Luego de decidir que el agua era algo hermoso y de estar de acuerdo en que Sweter sonaba bien (incluida la anécdota claudiana del llamado a Hilda Lizarazu -ex del cantante-, Hilda contestando: -“por qué no hablás?”-, y quien me acompañaba cortando la comunicación, como siempre) fuimos los tres a parar una vez más allí. Manolo fue quien nos atendió siempre, indiscutiblemente, por la hora en la que frecuentábamos el lugar.
Mucho tiempo después, haciendo una colaboración para Hecho en Bs.As. (las fotos que aquí muestro se publicarían en ese medio, aunque finalmente eso nunca ocurrió) me entero por la directora de la revista que Manolo entraba a trabajar todos los días a las 12 de la noche, cada noche ella lo veía cruzar el Lezama desde el balcón de su departamento, llegar al lugar, trabajar hasta que amanecía. Sentados esta vez del lado de los juegos de mesa, pegados al baño de hombres, llevaba yo mi títere conmigo y Manolo, que ya nos conocía, terminó convenciéndome entre menuda charla: le regalé el títere. Era en realidad un regalo para su nieto, del que no paraba de hablar y que le robaba una sonrisa de agujeros en los dientes. Y desde allí Manolo me recuerda de esa forma: si le menciono aquel encuentro, en seguida hace racconto en su archivo de historias y saca a relucir aquella noche. Cuando le tomé estas fotos, lo primero que mencioné para traerlo un poquito más acá de la cámara y más cerca mío, fue ese títere.
Hubo también una noche triste allí, de encuentro desencontrado, miradas nubladas, varias noches más de esperas, pero aunque son parte de esa nostalgia, sólo lo bello será lo que deje aquí una pincelada de color. |